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Fray Estefan - La espiritualidad

Introducción:

        La espiritualidad monástica maronita se base en la fe cristiana y en vivir la presencia de Dios, y se funda sobre la vida de oración y trabajo, por medio de la meditación, la austeridad y el silencio. El verdadero monje es un hombre de oración y de penitencia. La vida monástica, desde su establecimiento y hasta hoy, busca a vivir a la perfección el evangelio de Jesucristo, conforme a las palabras de Cristo: “Oren sin desanimarse”, es que la oración es una conversación con Dios, más bien es un acto de amor. De esta manera, los santos de la Orden Libanesa Maronita: Charbel, Rafqa, Nimatullah, y el hermano Estefan vivían su vida monástica por medio de la mortificación, la oración, el trabajo, y el acto ilimitado de amor, y así pasaron en olor de santidad de este mundo mortal al mundo inmortal.


La espiritualidad de fray Estefan Nehme:
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        El que medita en la vida del hermano Estefan Nehme, y se concentra en las explicaciones y los testimonios sobre la elevación continua de su mente y su corazón a Dios, se asegura de que quien tenía esta vida era un ciudadano espiritual.
       
        Desde su infancia tendía a la vida retirada, a la soledad, y al silencio. Según el testimonio de sus hermanos y contemporáneos, huía al campo para dedicarse a la oración y la meditación, y anhelaba unirse con Cristo y consagrar su vida a El, y eso a través de abrazar el estado monástico.

        Fray Estefan Nehme pasaba la mayoría de su tiempo en los monasterios, sea rezando o trabajando. Su único interés era dedicarse a cultivar la tierra. Pisó esta tierra y la regó con su sudor, así la santificó y ella le santificó a su turno. Asistía con fervor y fe a todas las misas de los sacerdotes, sin faltar ni una sola. Luego, pasaba el día rezando, meditando, recitando el rosario, visitando la hostia, y trabajando en las tierras del monasterio; el tiempo era caro para él. Era un fraile conocido por su pobreza, pureza, y obediencia. Era de pocas palabras, si tenía que advertir alguien, lo haría en voz baja.

        Se relata que el beato Estefan Nehme amaba a Dios con toda su alma, y amaba a sus hermanos los monjes y a los labradores con quienes trabajaba. El labrador que trabajaba con él sentía que estaba trabajando con un hermano afectuoso y no con un señor despotizo. Su amor hacia los demás necesitaba abnegación incesante, porque en su opinión uno tiene que aceptar y amar al prójimo tal como es, con sus defectos y cualidades. Por no tener dinero ni bienes a ofrecer a los demás, el hermano Estefan Nehme les ofrecía su mismo, su cansancio, y su propia comida. Amaba a este prójimo más que a su mismo. Daba su comida a los que tenían hambre. Su pariente hermano Jirjis Nehme contaba de él lo siguiente: “Un día, fray Estefan notó que la comida de uno de sus labradores estaba muy escasa, entonces al almuerzo le dijo: “Ten mi comida y voy a comer al regresar al monasterio”. El labrador trató en vano rechazar esta dadiva pero él insistió y se quedo sin comer hasta la hora de la cena.”

        A pesar de su nobleza, la firmeza de su piedad, y el avance en la vía de la perfección, se caracterizaba por la humildad. No se daba importancia a si mismo como si fuera un perfecto don nadie. Sus contemporáneos dijeron: “Es el espejo de la humildad y la dulzura en cada etapa de su vida, jamás se jactó o se alabó de uno de los dones de Dios, sin embargo construyó el torre de su perfección monástica tomando como base la humildad fija y fuerte, y montó la escalera de las virtudes sin que la sonrisa desapareciera de su rostro.